volver al listado
 

Sobre la psicología del celibato

Publicado el 25.02.2012
Por el psiquiatra (Viena) Raphael M. Bonelli
  • Fotografía

La perspectiva del psiquiatra sobre un fenómeno religioso como el celibato es específica, y podría caber la duda de si puede decir aprovechable. La visión plana y bidimensional de la psicología acerca del celibato, que es un fenómeno tridimensional, conduce necesariamente a un reduccionismo. Pero sin la tercera dimensión, la de la trascendencia, el fenómeno celibatario sólo se comprenderá defectuosamente, pues es la forma de vida más orientada hacia la trascendencia. Dado que la crítica de esta forma de vida se mueve casi exclusivamente en ese sistema plano de coordenadas, será útil que hagamos aquí un análisis limpio.

 

 

La posibilidad de una crisis. Las personas suelen acudir al psiquiatra en tres tipos de crisis: en primer lugar, en trastornos psíquicos endógenos, causados por un desequilibrio en el metabolismo cerebral; en segundo lugar, en trastornos reactivos provocados por un trauma; y, en tercer lugar, en trastornos neuróticos causados por una “maraña interior” del Yo.

 

Estas alteraciones se presentan tanto en los célibes como en los casados, pero también en los “sin compromiso”, los que viven el ideal contemporáneo de una vida en libertad. En todo caso, cuando se trata del célibe, suele establecerse con rapidez y fruición, pero de modo acientífico, una relación causal entre la alteración psíquica y sus particulares condiciones de vida. Para los espíritus sencillos, un párroco depresivo y alcohólico es por sí mismo una demostración irrefutable de que el celibato nunca acaba bien. Psicodinámicamente es llamativa la pedantería con que se presupone a las personas célibes un atormentado “no poder”, a pesar de que han abrazado ese estado de vida de manera reflexiva y voluntaria; mientras que a los “sin compromiso”, que normalmente se encuentran en ese estado involuntariamente, se les atribuye un alegre “poderlo todo” al estilo de James Bond. Lo cual permite descubrir las anteojeras ideológicas de muchos contemporáneos.

 

En el grupo de enfermos con dolencias endógeno-biológicas, los tres estilos de vida están representados con similar frecuencia; pero los trastornos psíquicos reactivos que hemos clasificado como segundo grupo aparecen más a menudo, en la práctica, entre los casados. El motivo es que éstos son los que se hallan más estrechamente unidos a otras personas, de tal modo que a menudo también ellos se tambalean cuando el compañero o los hijos caen en una crisis existencial.

El matrimonio es un modelo de vida muy estricto, vulnerable y expuesto a las crisis, y si puede significar mucho apoyo para la persona, asimismo puede significar mucha carga.

Las situaciones matrimoniales preocupantes llegan a afectar hasta en lo más íntimo, y se cuentan entre las razones que con más frecuencia hacen necesario el recurso a un psicoterapeuta. En este punto, el célibe tiene la ventaja de que su compañero de vida –Dios– no tiene caprichos y egoísmos, y no entra en crisis. El que vive “sin compromiso”, por su parte, es el más próximo para sí mismo.

 

En los trastornos neuróticos, desde el punto de vista psiquiátrico-científico, es en los integrantes del tercer grupo, la forma de vida no comprometida, donde se encuentra un riesgo más significativo de desarrollar obsesiones y ansiedades neuróticas, y donde aparecen, con la edad, las tasas de suicidio más altas debidas a sentimientos de soledad, amargura y pérdida de sentido.

Este hecho se comprende considerando la falta de entrega en las personas del “grupo James Bond” en comparación con los célibes o los casados, habituados a prescindir de sí mismos y de sus propios intereses, por amor. El “no comprometido” del que aquí hablamos no es el soltero, sino el que representa el concepto vital mundano de falta de compromiso.

Es evidente que también los solteros pueden llevar una vida entregada, y que los casados y los célibes están expuestos al peligro de encerrarse en sí mismo y al egoísmo. El que no busque en la vida más que “realizarse” y “satisfacer sus intereses” en vez de servir a un ideal más alto, se encierra poco a poco, y a menudo acaba en la desesperación. Es propio del hombre entregarse por amor; y en cambio, la autoconservación por miedo o por egoísmo conduce a la amargura. El compromiso libremente asumido, en el matrimonio y en el celibato, tiene una función psicoprotectora, aunque a veces pueda aparecer un ansia de escapar de este compromiso de amor.

 

El precio del compromiso. Algunos apelan a la psicología para sostener que el celibato “obligatorio” de los sacerdotes católicos es humanamente insoportable. Siendo el celibato una decisión para toda la vida, es verdad que una “coacción” como esa sería enormemente problemática.

 

Si analizamos la crítica más de cerca, veremos que casi siempre apunta al compromiso. No sería una coacción ni una presión, por ejemplo, que antes de la boda una mujer deje bien claro que no está dispuesta a aceptar el adulterio de su marido; es una condición, que aceptará cualquier novio con sentido común. De la misma manera se puede decir que es cuestión de la Iglesia determinar las condiciones necesarias para que la propia Iglesia ordene sacerdote a alguien. El que recibe la ordenación según esas normas no ha sido coaccionado ni presionado, sino que ha aceptado las condiciones. En general, la decisión de abrazar el celibato es notablemente más larga y mejor probada que la decisión de vincularse en matrimonio: en cuanto alguien decide, aparece el compromiso; el célibe no es alguien “disponible”, y no tiene una forma de vida que sea “libre” o pueda ser diseñada a voluntad.

 

En la psicoterapia se ven con bastante frecuencia adúlteros que se engañan a sí mismos presentándose como víctimas, que ocultan su delito con excusas, reinterpretan su decisión inicial de casarse diciendo que no fue libre, y adjudican a su pareja el papel de culpable, sólo para escapar de sus atormentados sentimientos de culpa. Eso se llama “racionalización”. El mismo mecanismo psíquico aparece a veces en los célibes que atraviesan una crisis, y su caso suele ir acompañado por el júbilo mediático ante un pobre prisionero ahora liberado.

 

Renuncia a la sexualidad. Muchas veces se postula igualmente, en tono (pseudo-) psicológico, que permanecer sin casarse a causa de un fin más alto perjudica la salud psíquica. Gusta citar aquí a Sigmund Freud, cuando dice que “la causa de la neurosis es la renuncia a la satisfacción de los deseos sexuales forzada por la realidad”. Ahora bien, por una parte, hoy ya no sirve como planteamiento terapéutico útil el postulado de la renuncia sexual neurotizante en el caso de la pedofilia y otros crímenes; y, por otra parte, el propio Freud subraya que lo único que conduce a la neurosis es la falta de voluntariedad. Años después, su discípulo Carl Gustaf Jung concretará: “Si la abstinencia sexual no expresa una huida de las necesidades y responsabilidades de la vida y del destino, no es en absoluto perjudicial. Pero debe ser libremente elegida y basarse en motivos religiosos: todas las demás motivaciones son demasiado débiles y provocan una falta de unidad interior, y por tanto la neurosis, que siempre supone un conflicto moral”.

 

Actualmente, algunos practican una patologización del impulso sexual controlado. El célibe –como toda persona normal– debe saber regular el input y evitar pasiones que únicamente tendrían sentido en el contexto de una entrega de amor. El autoerotismo conduce al célibe en una dirección equivocada: despertar y reprimir es un camino erróneo. Un coche se estropea cuando se oprimen a la vez el acelerador y el freno. La capacidad de renunciar a la sexualidad no sólo es posible, sino que además es necesaria en toda relación de pareja. En la adolescencia, el sexo puede parecer temporalmente un fenómeno poderoso e indomable; pero la persona ha de aprender a dirigirlo, para hacer de él un instrumento y un lenguaje del amor. La sexualidad debe poder ser gobernada en todo momento, por respeto al Tú amado o por un bien superior. La persona que no tiene problemas de salud puede renunciar al erotismo, lo que sucede con el comer y el beber. La sexualidad nunca puede ser entendida como una medicina para resolver no se sabe qué trastornos.

 

También el célibe puede fracasar. Toda forma de vida puede fracasar por apegamiento a uno mismo. Esto significa que la persona se encierra sobre sí misma, que se aleja del amor inicial y que pierde la apertura a los demás. El celibato es, por su esencia, la forma de vida más generosa, y no se encuentra sometido a la tentación del egoísmo biológico, que convierte a los hijos falsamente en copias narcisistas; pero si el célibe pierde la relación con Dios, recae en sus propias manos y retrocede a lo “sin compromiso”.

 

Un reciente meta-análisis científico llevado a cabo en la Duke University, de los Estados Unidos, ha mostrado que un estilo de vida motivado religiosamente estabiliza la salud psíquica. Quiere decir que la fe impregna y conforma la vida. Si desaparece la convicción religiosa, la forma de vida celibataria pierde su sentido y quizá se mantenga sólo exteriormente, por razones de oportunidad. Esta cisura es una carga psíquica: se ha perdido el “por qué”; y genera una doble vida que ya no hace feliz. Una persona célibe sin oración deriva poco a poco más hacia una idea de sí misma “sin compromiso”, hasta que deja de soportar el compromiso originalmente asumido.

 

Sólo sirven los psíquicamente sanos. A la larga, solamente las personalidades psíquicamente sanas son capaces de seguir el camino del celibato.

 

Un presupuesto necesario es la capacidad matrimonial. El desinterés esquizoide por toda relación humana o el desinterés sexual por las mujeres adultas no son en absoluto un signo de vocación, sino todo lo contrario, un criterio de exclusión. El celibato solamente tiene valor y autenticidad si lo elige una persona capaz de contraer matrimonio. El que no lo sea nunca vivirá el celibato, aunque exteriormente imite esa forma de vida. Como ejemplo actual dentro de la Iglesia mencionemos la efebofilia, que es el interés sexual de un hombre adulto por jóvenes varones sexualmente maduros. Tales hombres no tienen un interés natural por el matrimonio. Los datos sobre casos recientes de abusos en el interior de la Iglesia procedentes de Alemania, Austria y Suiza son coincidentes: alrededor del 70% de los casos que se han calificado como pedofilia eran actos de efebofilia, el 20% eran abusos contra chicas sexualmente maduras y el 10% eran verdaderos casos de pedofilia (niños por debajo de 10 años). El “John Jay Report” realizado en los Estados Unidos arroja cifras muy parecidas, especialmente en los pedófilos que llama “specialists”. Allí, el 82% de las víctimas de abusos en la Iglesia entre 1950 y 2002 eran de sexo masculino. Un hombre célibe capaz del matrimonio, sin duda, podrá perder en algún caso firmeza ante una mujer adulta, pero bajo ninguna circunstancia será efebófilo o pedófilo, aunque haga muchos años que ha renunciado a la sexualidad.

 

Psicología del defecto y psicología de los recursos. El conocido psicólogo americano Martin Seligmann constata, con razón, un defecto de planteamiento en la psicología clásica, porque todo lo que pasaba por su lupa psicológica lo estudiaba para encontrar defectos. La psicología positiva moderna, en cambio, busca las fortalezas y los recursos de la persona, sin patologizar de inmediato toda circunstancia de la vida.

 

De hecho, el método de la moderna psicología de los recursos permite encontrar muchas posibilidades a las que abre una forma celibataria de vida. La energía emocional que el casado invierte, debidamente, en la relación de pareja, en la construcción de un hogar y en el cuidado de la prole, en el célibe queda disponible para la relación con Dios “con el corazón indiviso” y para el servicio a los demás.

 

Cuidar las relaciones con los demás, los casados compartiendo con el cónyuge y los célibes mediante la oración, es una inversión valiosa para el futuro, que el “sin compromiso” no realizará en la misma medida, para resultar perjudicado a largo plazo. El célibe puede unir la libertad del soltero con el compromiso del casado, y con su maduración humana. La vida celibataria lograda muestra un fenómeno cercanía/distancia: con su entrega desinteresada puede establecer una gran cercanía y, no obstante, mantener la distancia. Precisamente por las obligaciones que ha asumido, el célibe entiende muchas dimensiones de la vida matrimonial, y es un potencial consejero desinteresado. Juan Pablo

II y la Madre Teresa son ejemplo de personas que vivieron una entrega extrema a Dios y a los otros, gracias a esta forma de vida. Muchas cosas profundamente humanas únicamente se pueden conocer a través del compromiso: experiencia de la vida, fidelidad, constancia también en los “días malos”. De ahí brota mayor capacidad de relación, más intensidad en el encuentro, más libertad, más visión. Por eso pueden marcar mejor el rumbo; tanto la Iglesia como la sociedad lo necesitan.

n

Raphael M. Bonelli

Psiquiatra (Viena)

Durante su profesión religiosa como dominica, una joven firma un documento

 

Artículo publicado en la revista Palabra, Febrero 2012 | 65


Mapa web



Contenidos con Licencia Creative Commons
Diseño y desarrollo: Ele Medios Comunicación
Orden Ciudadanía 2008 - Proyecto financiado por: Plan Avanza, Ministerio de Industria, Turismo y Comercio | Unión Europea FEDER
Proyecto incentivado por: Junta de Andalucia - Consejeria de Innovación, Ciencia y Empresa
video